Teresa Aquino Quispe era una niña cuando sintió por primera vez el pelaje de una alpaca entre sus manos. Era una textura áspera, tibia, impura. Su madre, quien trabajó 38 años como clasificadora de fibras en una empresa textil de Arequipa, le enseñó desde temprano todo lo que debía saber sobre la materia. A los diez años, Teresa ya sabía identificar distintas calidades de fibra de un vistazo. Ella solía ayudar a su madre en la fábrica cuando salía de la escuela. Por eso, a los veinte, se hizo clasificadora profesional y ocho años después ya era una maestra. Hoy, a sus 51 años, Teresa es eslabón importante en la cadena productiva de la fibra de alpaca y ha impulsado la revalorización de los productores del Perú.

Aunque creció rodeada de esta fibra, Teresa Aquino reconoce que no conocía el contexto de dónde provenía. “En 1996 me presenté en un proyecto que trabajó directamente con los productores. Me mandaron a Ayacucho para acopiar la fibra y ahí conocí la triste realidad de los alpaqueros. Vi cómo los intermediarios los engañaban a los papitos antiguos [ alpaqueros ancianos]. Se aprovechaban de que no sabían leer y escribir. Les adulteraban en el peso, les pagaban lo que querían y hasta los menospreciaban diciéndoles que su fibra no valía”, cuenta.

Teresa advirtió que esa situación no solo se presentaba en Ayacucho, sino que se repetía en Arequipa, Puno, Cusco y Apurímac. Mientras los intermediarios dominaban la comercialización de materia prima, los alpaqueros se empobrecían. Vendían su producto prácticamente para subsistir, pese a que la fibra de la alpaca esta entre las hebras más finas y más costosas del mundo. Teresa se conmovió al ver esa realidad.

La empresaria optó por abandonar su trabajo con su sueldo asegurado para ir a las comunidades a enseñar a los alpaqueros a clasificar su propia fibra. Su primera experiencia fue en el 2008, en el distrito de Callali, provincia de Caylloma (Arequipa). Recuerda que reunió a los comuneros para explicarles que su fibra podía valer mucho más si la clasificaban y la vendían directamente a la industria. Les enseñó que del vellón podían sacar hasta seis calidades.

Romper la inercia

Los alpaqueros estaban acostumbrados a que les paguen entre S/ 3.00 y S/6.00 por libra de su fibra. Una alpaca produce al año cerca de tres kilos de fibra (aproximadamente siete libras). Los comuneros no podían creer que podían comercializar con la industria. Algunos fueron incrédulos y se negaron. Otros, en cambio, se arriesgaron. Teresa logro convencer a un grupo de alpaqueros para acopiar su fibra y trabajar en la clasificación.

Bajo su dirección trabajaron diez días. Ella les enseñó a palpar, observar y reconocer la calidad de la fibra. Los alpaqueros se desanimaban en el camino, por la necesidad económica preferían entregar su producto a los intermediarios, pero Teresa conversaba con ellos y los persuadía a seguir, que luego tendrían mejores ganancias. Algunos profesionales se acercaban a ella solo para decirle que la industria no les compraría, porque su clasificación no era profesional.

Esta era la prueba de fuego. Los demás productores de la región se pasaron la voz y estaban a la expectativa. Los alpaqueros de Cusco, Apurímac y Puno, que escucharon que en Arequipa un grupo de comuneros iba a negociar directamente con la industria, también tenían curiosidad por saber cómo les iba.

HOY, A SUS 51 AÑOS, TERESA ES ESLABÓN IMPORTANTE EN LA CADENA PRODUCTIVA DE LA FIBRA DE ALPACA Y HA IMPULSADO LA REVALORIZACIÓN DE LOS PRODUCTORES DEL PERÚ

De soles a dólares

Cuando terminaron el trabajo sacaron cuatro calidades de fibra. Teresa verificó una y otra vez el producto y luego fue a negociar con la industria textil. Recuerda que su primera entrevista fue con el gerente de la empresa Inca Top. Le explicó el esfuerzo de los comuneros y que requerían de su apoyo para mejorar las condiciones de vida en las zonas altas.

“Estábamos muy nerviosos cuando le presentamos nuestro producto, pasamos todos los controles de calidad y nos dieron un buen precio. Conseguimos por el ‘baby alpaca’ nueve dólares por kilo, por el fleece 8,5 dólares y por el guarizo 5 dólares. Los comuneros se alegraron, algunos lloraron y eso los motivó a organizarse y conformar sus cooperativas. Las demás comunidades también querían hacer lo mismo y fui de lugar en lugar para enseñarles el proceso de clasificación”, manifestó Teresa.

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Ella es madre, tiene dos hijos y recibe el apoyo de su esposo. Gracias a su trabajo los campesinos se motivaron. Con los nuevos ingresos los varones mejoraron el proceso de crianza las alpacas. Los animales ya tenían mejores alimentos y medicinas. Las mujeres aprendieron a clasificar y también se generaban sus propios ingresos. El ejemplo de Callalli, se replicó en Sibayo, Caylloma, Imata y otras comunidades de la región.

Gracias a sus conocimientos y el trabajo que realizó en Arequipa, Teresa Aquino fue invitada a enseñar a otras regiones: Apurímac, Puno, Cusco, Ayacucho. Su fama de maestra clasificadora cruzó fronteras. También fue invitada a formar más clasificadoras en las comunidades campesinas de Ecuador, Bolivia y próximamente irá a Chile. A pesar de sus logros, ella sigue enseñado a más mujeres el arte de la clasificación.

Desde el 2014, Teresa trabaja como gestora en Sierra y Selva Exportadora, un organismo adscrito al Ministerio de Agricultura y Riego (MINAGRI). Desde esa institución apoya a los pequeños y medianos productores organizados. Hasta el momento ya capacitó y formó a más de mil maestras clasificadoras.

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